Un lustro de la misión petrina: Papa Francisco

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REPORTAJE

Cinco años del papa Francisco: la lucha por el poder en la Iglesia

Desde su nombramiento en 2013, el papa Francisco ha revolucionado el Vaticano. Sin embargo, a sus más de 80 años, se le acaba el tiempo. El siguiente paso en su hoja de ruta es pensar en un sucesor que no dé marcha atrás a sus reformas cuando él desaparezca. Ya ha nombrado a medio centenar de cardenales 'electores' cercanos a su línea de pensamiento. Entre ellos, el arzobispo de Madrid. Crónica de una batalla por el control de la jerarquía católica.

EL VIEJO periodista, diplomático y sacerdote saborea su habano Romeo y Julieta, da un trago largo de escocés Lagavulin y profiere envuelto en una nube de humo: “La Iglesia es un portaviones; no es fácil cambiar su rumbo. La componen 1.300 millones de personas, 400.000 sacerdotes, 5.000 obispos y 200 cardenales de los cinco continentes. Dar un giro no es como maniobrar con una piragua. Tiene una inercia increíble. Hace falta tiempo, tesón y paciencia. Y alguien que gobierne con firmeza el timón. Desde marzo de 2013 el piloto es Francisco”.

–¿Cómo está cambiando el Papa la Iglesia española?

–El Papa interviene en cada país con la elección de obispos y cardenales. Es su prerrogativa. Y este no se arruga. En España, sus cambios en las principales diócesis y la Conferencia Episcopal han supuesto una ruptura con el periodo de Rouco. Son obispos fiables en lo doctrinal. Grises. Discretos. Moderados. Pero de diálogo. Están comprometidos con la línea del Papa, con los que habla con su móvil, sin pasar por la centralita del Vaticano, donde hay muchos oídos… España está siendo un buen laboratorio para los cambios de Francisco.

–¿El Papa es un revolucionario?

–Es un reformador. Por eso admira a Lutero. En su origen fue un conservador. Pero como confesor conoce bien las debilidades del ser humano. Busca una evolución más que una ruptura. Un cambio de estilo. Quiere una Iglesia pobre para los pobres; que acoja y no regañe; con menos burocracia; que construya puentes y no muros; que no ponga solo el acento en la moral sexual. Es un cambio claro de prioridades. Francisco sabe que, solo sumando, la Iglesia puede sobrevivir.

El arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, con las galas de cardenal, retratado el 19 de noviembre en el Vaticano. En su dedo anular, el anillo de príncipe de la Iglesia regalo del Papa.JAMES RAJOTTE

Estamos en el centro de Roma. A cinco minutos de la soberbia Embajada de España en el Vaticano, un palacio del XVII con tapices de Rubens, bustos de Bernini y un suelo de marquetería que cruje como la cubierta de un viejo velero. En menos de 24 horas, el Papa celebrará en la otra orilla del Tíber, en el corazón de la basílica de San Pedro, el tercer consistorio de su pontificado: la reunión de sus cardenales (procedentes de más de 50 países). Y creará, bajo el baldaquino de Bernini, soportado por las cuatro columnas salomónicas, a 17 nuevos príncipes de la Iglesia entregándoles el birrete rojo y el anillo (que ya no es de oro sino de plata sobredorada). Entre ellos, Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, de 71 años, uno de sus hombres de confianza.

A ESTE RITMO de nombramientos, el papa francisco tendrá en menos de cinco años el control del colegio cardenalicio.

Al final de este consistorio de noviembre, Francisco habrá nombrado en solo tres años a 44 cardenales electores (es decir, con menos de 80 años y que, por tanto, tendrían derecho a elegir al nuevo Papa en un hipotético cónclave) de los 120 que forman ese selecto club de purpurados. El colegio cardenalicio aún tiene a 21 electores creados por Juan Pablo II y 56 de Benedicto XVI. Pero los de Francisco ya suponen un tercio. Para que un cardenal sea Papa necesita, al menos, 80 votos de sus pares, es decir, dos tercios del cardenalato. Y la estrategia de Francisco es que su reforma, la puesta al día de la Iglesia, el cambio de su sistema operativo, no muera con él. Con las obligadas jubilaciones de los octogenarios, al ritmo que va de consistorios y sumando los próximos cardenales que nombre (son significativos los que ha elegido no solo en España, sino también en Bélgica, EE UU, Venezuela o Alemania, como muestra del perfil de obispos por el que apuesta), su modelo de Iglesia puede copar en menos de cinco años la mayoría del colegio cardenalicio.

Cardenales obispos y invitados en la cena de la embajada de España que celebró el nuevo cardenal, el dia 19 de noviembre.JAMES RAJOTTE

Para un monseñor anónimo, “hay que tener claro que el proyecto del papa Francisco no se limita a su papado. Mira lejos. Tiene 80 años y corren por Roma chismorreos sobre su estado de salud. Francisco sabe que las reformas en la Iglesia son lentas (aquí la unidad de medida de tiempo es el siglo) y no se resigna a que cuando desa­parezca se produzca una involución, como pasó con el frenazo de Juan Pablo II al Concilio Vaticano II. El escenario en que se mueve Francisco es el de su sucesión. Cuando no se encuentre con fuerzas, se marchará. Y volverá a Buenos Aires, donde tiene una habitación reservada en una residencia para sacerdotes. Él lo dijo en público: ‘Como vivimos más tiempo, llegamos a una edad donde no podemos seguir adelante con las cosas. Yo haré lo mismo que Benedicto XVI, pedirle al Señor que me ilumine cuando llegue el momento y que me diga lo que tengo que hacer. Y me lo va a decir, seguro”.

Algunos vaticanistas comienzan a situar a Carlos Osoro como un papable que podría obrar de vínculo entre Europa y América (en este continente se concentra la mitad de los católicos del planeta, y de él ya proceden 40 cardenales electores; algunos como O’Malley, Madariaga, Porras o Cupich, de absoluta sintonía con este Pontífice). Hay posibilidades de que el próximo Papa también hable español. O, al menos, venga del Nuevo Mundo. Y para eso, “Francisco necesita un colegio cardenalicio que comparta su visión reformista”, continúa el monseñor. “Está deshaciendo los nudos del Vaticano. Lo que está provocando una reacción furibunda entre los más conservadores. Algunos ya hablan de polarización, y los más alarmistas, de guerra civil”.

El colegio cardenalicio llegado de los cinco continentes y decenas de obispos asisten al consistorio de Francisco y la creación de 17 nuevos príncipes de la Iglesia en la basílica de San Pedro.JAMES RAJOTTE

No exagera. Nunca las decisiones de un Sumo Pontífice han sido criticadas con tanto descaro en la curia. La infalibilidad de Papa es dogma. Pero Francisco, con su incontinencia verbal (que él denomina “santa inconsciencia”) y su huracán de renovación, ha abierto las compuertas. Una veintena de cardenales (muchos de ellos sin derecho a voto) y decenas de obispos (en torno a 15 en España, de un total de 80, aunque sin un líder claro tras la forzada jubilación del cardenal Rouco, que aspiraba a seguir dos años más al frente de Madrid) no paran de escribir textos e impartir conferencias criticando sin sordina sus posturas. Y hay algo aún más grave: tres de sus rivales más enconados, el cardenal alemán Gerhard Müller (hijo predilecto de Ratzinger), el guineano Robert Sarah (muy apreciado por el Opus Dei) y el estadounidense Raymond Burke (el más combativo), forman parte de su entorno inmediato. Incluso de su ejecutivo. Y, al tiempo, viajan por todo el planeta (en España han sido invitados por los Legionarios de Cristo a su Universidad Francisco de Vitoria, y por los grupos provida) poniendo en solfa las decisiones del sucesor de san Pedro. La bestia negra de los cardenales disidentes es Amoris laetitia, la exhortación pastoral de Francisco sobre el amor en la familia, en la que abre la puerta al debate sobre la comunión de los divorciados. El asunto ha llegado al límite de que Francisco ha tenido que responderles a través de su periodista de cabecera, Elisabetta Piqué, corresponsal de La Nación, con estas palabras: “Ciertos rigorismos nacen de querer ocultar dentro de una armadura la propia y triste insatisfacción”.

¿Por qué no los fulmina, si es el último monarca feudal? Según José Beltrán, director de la revista Vida Nueva, “Francisco no va a hacer nada que moleste a Benedicto XVI. No quiere tenerle en contra. Y a esos cardenales los nombró Benedicto”. Para un monseñor afincado en Roma, “mientras Ratzinger viva, Francisco le va a mimar. Y se va a tragar las críticas de esos cardenales. Es al primero al que enseña sus escritos e informa de sus decisiones. Los dos viven en el Vaticano. Bergoglio en la Casa Santa Marta y Ratzinger en el monasterio Mater Ecclesiae. Francisco le consulta todo. No tiene más remedio. Sería mortal que Benedicto capitaneara una rebelión. Habría un cisma”.

“hay dos papas”, dice el secretario de benedicto xvi. “HAY UNO. SOLO UNO”, DESMIENTE EL JEFE DE COMUNICACIÓN DE FRANCISCO.

Hay mar de fondo en el Vaticano. El secretario de Benedicto XVI, Georg Gänswein (que es al mismo tiempo responsable de la agenda de Francisco como prefecto de la Casa Pontificia), aseguró el pasado mes de junio que hay dos papas: “Uno activo y otro contemplativo”. Una idea que entusiasma a sus críticos. “El Papa está provocando una absoluta confusión en la Iglesia, y el único dique que nos queda contra sus ocurrencias es Benedicto XVI. Y que Dios le guarde muchos años”, asegura Francisco José Fernández de la Cigoña, experto en asuntos religiosos y bloguero conservador. 
En el campo de Francisco, monseñor Darío Viganò, su joven y poderoso director de comunicación y responsable de su cuenta de Twitter, desmiente ante este periodista la teoría de los dos papas: “Hay uno. Solo uno. El otro dejó de serlo cuando el helicóptero se elevó sobre el Vaticano con él a bordo el 28 de febrero de 2013. Y sí, va vestido de blanco, pero es que tendrá muchas sotanas blancas y no iba a tirarlas”. Ante esa batalla, un diplomático afirma: “La política, tal como la conocemos, es un juego de niños comparado con las maniobras y equilibrios de poder en el Vaticano”.

En la primera imagen, el arzobispo de Madrid saluda a sus pares. En la segunda, el papa Francisco da el birrete y el anillo a Carlos Osoro.JAMES RAJOTTE

Para entender la estrategia de Francisco hay que tener en cuenta que es un jesuita. Entrenado para actuar tanto en las fronteras como en los centros de poder. Como miembro de la Compañía de Jesús, combina una mezcla de espiritualidad y acción; soberbia y sumisión; inculturación e intelectualidad. Los jesuitas son los marines del Papa. Desembarcan, abren camino, establecen cabezas de puente, son relevados y saltan a la siguiente misión. Ya sea en el Vaticano o en el Amazonas. Son la única orden con un voto específico de obediencia al Papa. Fueron represaliados por Juan Pablo II y, después de tres décadas trabajando en silencio, han regresado con uno de ellos al frente. En el gobierno de Osoro en Madrid, una de las piezas clave es el prestigioso jesuita Elías Royón, que tiene el encargo de restañar las deterioradas relaciones entre el episcopado y las órdenes religiosas. Un guiño de Osoro.